jueves, 20 de agosto de 2009

cuando muramos hablarán de nosotros



He paseado por el cementerio y he dejado las flores en un nicho bello y reseco. El mármol estaba gastado como si fuera un sitio ajetreado y usado lleno de vida. El devenir acusa el mismo roce a aquellos que pasivos o activos se exponen al aire, a la vida, haciendo difícil a veces distinguir entre lo yermo y lo vivo.
Compré las flores, llegué a casa y las coloqué en un jarrón.
Las arreglo, las mimo y me siento frente a ellas a mirarlas.
El tiempo desaparece en la fijeza de las formas, líneas, colores y carnosidades.
Me levanto, ya no hay luz y me voy a dormir.

Me he vestido y puesto bonita para la ocasión.
Decir adiós es más difícil que doloroso.
En el paseo no repasé ni momentos buenos ni bonitos ni malos ni sinsentido. Recorrí el cementerio sintiendo hermandad y complicidad con cada uno de los que dejaron allí sus huesos.
El amor mata y con su beso besas la muerte, en el anhelo de resucitar tras el beso, la vida.
En una esquina redondeada por una verjita baja, que hace de jardín de los raseros del polvo y del aire caliente, estaba el rincón posible para dejar las flores y despedir a mi amor muerto.
Esas flores nacieron seguramente en un sitio ficticio, un invernadero, se mantuvieron en un escaparate helado refrigerado, cámara frigorífica, donde también retienen los muertos hasta ser enterrados.
Han tenido vida en mi casa con sus pies cortados, sin libertad y sin movimiento y han ido a morir a un lecho desconocido, de un hombre desconocido, en una despedida a aquel hombre con el que viví un tiempo de flores de colores, con los pies cortados, en una cámara frigorífica helada, por un corazón perdido.
Se tienden los puentes, se sigue según el camino.

U*L*M*A

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